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CURIOSIDADES CULINARIAS • RESEÑAS DE RESTAURANTES

Capirotada y Jericalla: historia y origen de dos postres con alma mexicana

Foto del escritor: El Privilegio de Comer
El Privilegio de Comer
18 sept
5 min de lectura

A los postres hay que disfrutarlos no solo por su sabor, sino también por su historia. La capirotada y la jericalla pertenecen a ese grupo de manjares donde el sabor guarda memorias antiguas provenientes de las cocinas familiares y de conventos. Es aquí, donde los hornos encendidos y las recetas que albergaban, viajaron de mano en mano hasta volverse parte de la cultura mexicana.


Es por eso que estos postres mexicanos ocupan un lugar especial en los dulces corazones del pueblo. Por un lado está la capirotada, que es muy popular en tiempos de Cuaresma debido al significado religioso que tienen los panes y los aromas del piloncillo que se utilizan. Por el otro lado está la jericalla, la cual consiste en una crema suave y una superficie dorada que guarda una estrecha relación con la cultura de Guadalajara.


Wide-angle view of a rustic Mexican kitchen table with capirotada and jericalla served in traditional clay dishes
Dos postres que hablan desde la historia y la cocina familiar.

La capirotada tiene raíces antiguas que viajaron desde el viejo mundo. Su origen se relaciona con recetas europeas de panes remojados en vinagre con capas de hígado de pollo, queso, alcaparras y pepinos, muy populares en la antigua roma. Así como de una variedad de embutidos que datan de la edad media, pero ya con la llegada de los españoles a América, esas recetas encontraron nuevos ingredientes, nuevas manos y un nuevo sentido.


En México, la capirotada tomó vida propia. El pan, muchas veces bolillo o birote, se empezó a bañar con miel de piloncillo perfumada con canela y clavo. Luego, llegaron las pasas, cacahuates, nueces y queso, pero también el plátano, coco y las grageas de colores, según la región. Cada cocina parecía tener su propia versión y en esa variedad nació su encanto.


Durante mucho tiempo se preparó en la temporada de Cuaresma y Semana Santa. En muchas familias, su presencia en la mesa marcaba un calendario espiritual y doméstico. También, existen interpretaciones simbólicas populares que asocian algunos ingredientes con la Pasión de Cristo. El pan, la miel, la canela y el queso recibieron significados distintos, según la comunidad y la tradición familiar.


Lo más importante es que la capirotada se convirtió en un platillo preferido en las reuniones, pues no nació como un lujo distante, sino como una receta capaz de transformar ingredientes sencillos en algo profundamente aromático. En una cazuela de capirotada, se encuentran tesoros muy valiosos del viejo continente, como las sobras de un pan casero, el dulzor oscuro del piloncillo y el perfume de las especias que alguna vez fueron viajeros en busca de un nuevo destino.


Close-up of capirotada in a clay baking dish with piloncillo syrup, raisins, peanuts, cheese, and cinnamon
La capirotada transforma pan y especias en memoria de temporada.

En el caso de la jericalla, se cuenta otra historia que se escribió en el occidente de México, pues está fuertemente arraigada a la cultura de Guadalajara, Jalisco, la perla de occidente. Este postre está hecho a base de leche, huevo, azúcar, canela y vainilla, el cual se cuece hasta lograr una textura sedosa. Su característica más conocida es la capa dorada y ligeramente quemada en la superficie, la cual recuerda al flan y a la crema catalana.


Su origen se relata con un estilo casi de leyenda. Entre las historias más conocidas, se encuentra la del Hospicio Cabañas, donde religiosas se encargaban de preparar el alimento para niñas y niños huérfanos. Se dice, que al intentar crear un postre suave y sencillo, una monja horneó una crema de leche y huevo, pero al pasarse de calor, la superficie se doró más de la cuenta. No obstante, cuando todo parecía perdido, la mezcla final dejó un sabor tostado que encantó.


Como ocurre con muchas recetas tradicionales, no hay una sola versión que compruebe su verdadero nacimiento. Por ejemplo, se tiene otra versión que habla de una posible relación con Jérica, una localidad de España, cuyo nombre es muy parecido. Lo cierto es que la jericalla encontró en Guadalajara un hogar propio y desde ahí, se volvió parte querida de la repostería mexicana.


Eye-level view of freshly baked jericallas in small ceramic cups with toasted golden tops
La jericalla nació entre leche, huevo y el encanto de una superficie dorada.

La belleza de la jericalla está en su sencillez, puesto que no necesita muchos adornos. Su sabor depende del equilibrio entre la leche, el huevo, el azúcar y las especias. Cuando se hornea a baño María, la mezcla cuaja con suavidad y la parte superior se tuesta y aporta un contraste que vuelve a cada cucharada, un poema a los aromas y sabores que trajo consigo la conquista.


La capirotada y la jericalla parecen muy diferentes, pero comparten una misma identidad cultural. Las dos nacieron del encuentro entre ingredientes cotidianos, técnicas heredadas y sensibilidad local, lo cual demuestra cómo México no solo recibió recetas, sino tradiciones que se fueron transformando hasta encontrar una voz propia.


La capirotada nos narra historias sobre hornos familiares en días santos y de cazuelas que perfuman las casas. La jericalla nos transmite el sabor de la leche tibia, la paciencia que se necesita para prepararla y el sonido mágico que nace de una cuchara al romper su capa tostada. Una tiene textura generosa y cambiante, mientras la otra ofrece suavidad y tranquilidad, haciéndonos recordar que la cocina mexicana se cuenta a través de su gente, sus aromas y sabores y sus deliciosas creaciones que sanan las penas y alegran los corazones.


En distintos estados, la capirotada cambia de personalidad. En algunas mesas se sirve más húmeda, casi como budín y en otras queda más firme con capas visibles de pan y frutos secos. Hay quienes defienden el queso como parte esencial y quienes prefieren versiones más dulces, haciéndola más versátil e interesante a los ojos de los curiosos.


La jericalla, por su parte, conserva una identidad muy jalisciense. Es frecuente encontrarla en mercados, fondas, restaurantes familiares y panaderías, donde se sirve en pequeños moldes individuales y cuyo sabor guarda un delicioso secreto, así como su apariencia, una interesante personalidad.


Overhead view of piloncillo, cinnamon, bread, milk, eggs, and small clay dishes arranged for traditional Mexican desserts
Ingredientes sencillos dan forma a recetas llenas de historia.

Estos postres reúnen tradición, identidad y un sabor delicioso sin necesidad de grandes gestos. Su valor está en lo que conservan y cada una de sus recetas habla de adaptación, memorias y afectos. También, hay que recordar que la cultura de un país no solo vive de los grandes relatos, sino de aquello que se vive que en casa al compartir en familia y se transfiere de generación en generación para preservar su sentido propio.


Degustar una capirotada o una jericalla es acercarse a México desde su aspecto más dulce. Una cucharada puede revelar secretos de viajes antiguos, anécdotas que nacieron en las cocinas de conventos, tradiciones que poseen las celebraciones religiosas, la magia que guardan los mercados regionales y la esencia de una familia a través de sus recetas. Es así, que se puede apreciar la riqueza y el orgullo cultural de México con tan solo un bocado dulce que alimenta al alma.


 
 
 

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